extracto del libro Ayurveda Ritam
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¿Ya estamos todos convencidos de que el ser humano no es carnívoro, de que la carne es perjudicial para él y de que debería desaparecer de su dieta?
Sí, pero…
Ahora pasamos a los argumentos que impiden incluso a las personas más sensatas (y a menudo también a las más enfermas) dejar de comer carne. Pero en el fondo lo decisivo no son estos argumentos, sino la falta de convicción y de voluntad en la propia consciencia. Para justificar esto, el intelecto busca todo tipo de excusas, una tarea en la que cuenta (por desgracia) con el apoyo de la medicina actual, de la ciencia y de la industria cárnica. Por eso tenemos que analizar los argumentos y las dudas más importantes y mostrar que no podemos dar la espalda a la verdad.
Lo primero de lo que tenemos que hablar es de la longitud del intestino. El intestino humano mide seis o siete metros, sólo es tres o cinco veces más largo que el cuerpo. Esta es la proporción típica de los carnívoros. Pero en este cálculo hemos pasado por alto que en el caso de los animales no se mide la distancia entre la cabeza y los pies, sino entre la cabeza y el final de la columna vertebral. Si medimos así al ser humano, la proporción es de ocho o doce, que es la de los frugívoros.
Esta situación no la cambian los seres humanos más antiguos, de los que se suele decir que eran cazadores y carnívoros, por lo que también se recurre a ellos como excusa. Pero la historia de la humanidad está envuelta en tantos interrogantes que cada cual puede emplear los argumentos históricos a su gusto. Supongamos que los mitos y los relatos más antiguos no sean inventos y que nuestros antepasados más remotos estaban plenamente desarrollados corporal y espiritualmente y vivieron una vida sencilla, sometida a Dios, sin la necesidad de herramientas de hierro ni de edificios monumentales para la posteridad. ¿Qué restos podríamos encontrar hoy de esa civilización? ¡Nada! Por tanto, los descubrimientos arqueológicos nos dan una imagen muy limitada del pasado, y todavía no está claro si las armas de hierro y las pinturas rupestres proceden de la época más antigua o si ya son indicios de una degeneración temprana. En todo caso, con el mismo argumento podríamos decir que el canibalismo es la manera sana y original de alimentarse del ser humano, o también podríamos olvidarnos de todos estos argumentos gastados y guiarnos por las personalidades espiritual y culturalmente superiores del pasado, todas las cuales eran vegetarianas. Nuestros parientes más cercanos en el reino animal, los monos antropomorfos, son ejemplos impresionantes de frugívoros rebosantes de fuerza y vitalidad.
A la misma categoría de excusas pertenece la reciente teoría de la alimentación específica para cada grupo sanguíneo. Esta teoría se basa en la edad genética de los diversos grupos sanguíneos y en la imagen de nuestros antepasados que nos dan los arqueólogos y los antropólogos. Por eso, el grupo sanguíneo más antiguo «tiene» que pertenecer a los carnívoros. Cualquier dato que confirmara no a los cazadores primitivos, sino a la civilización espiritual antes mencionada, daría la vuelta a esta teoría alimenticia y atribuiría el grupo sanguíneo más antiguo a los frugívoros. Prefiramos, por tanto, los datos y las experiencias firmes a las teorías arbitrarias. Estas experiencias muestran de manera inequívoca que los seres humanos de todos los grupos sanguíneos enferman y mueren por culpa del ácido úrico, de la tomaína y de los demás productos del metabolismo de la carne. La carne, el pescado, los huevos, los hongos y las algas no son alimentos apropiados para el ser humano, ni siquiera en cantidades pequeñas. El hecho de que décadas y generaciones de habituación tengan como consecuencia que a alguien le resulte difícil acostumbrarse a la alimentación vegetariana no es un signo de adaptación genética, sino de una degeneración hereditaria de dimensiones descomunales a la que hay que enfrentarse lo antes posible. Además, esas presuntas dificultades suelen deberse a una relación equivocada con la alimentación y no a una incompatibilidad real. No es de extrañar que la fruta fresca empiece a fermentar en el tracto digestivo si tiene que esperar durante horas a que el camino deje de estar obstruido por alimentos difíciles de digerir. Si además el consumo fuerte de azúcar y de harina blanca ha favorecido que en el intestino se establezcan grandes cultivos de levadura y de bacterias de la fermentación, éstos metabolizarán en seguida la fruta en anhídrido carbónico y alcohol.
Llegamos así de nuevo al problema que ya hemos mencionado en el capítulo 2: a la mayor parte de la gente sólo le preocupa «qué» come, no «cómo» come. Quien come sin hambre crea el caos en su digestión con independencia de que ingiera alimentos vegetarianos o carne, alimentos crudos o cocinados, alimentos industriales o naturales. Pues si el estómago todavía está ocupado con la comida anterior, ¿cómo va a producir los jugos digestivos apropiados para las dos comidas, la anterior y la actual? Esto se nota de una manera especialmente drástica en el caso de los alimentos frescos fáciles de digerir, que deberían recorrer rápidamente el sistema digestivo. Si esos alimentos no pueden seguir porque primero hay que digerir alimentos pesados de la comida anterior o de la misma comida, empiezan a fermentar y causan gases y malos olores. La culpa no es de las frutas ni de las verduras, sino de haber ingerido los alimentos en un orden equivocado o de haber comido sin hambre. Por eso hay que subrayar una vez más (y la experiencia se lo confirmará a todo el mundo) que la alimentación vegetariana no causa problemas si comemos con hambre real, masticamos bien y dejamos de comer cuando más estamos disfrutando. Esto vale para todos los grupos sanguíneos y para todos los tipos constitucionales, pues se trata de leyes naturales universales de nuestro sistema digestivo.
Por supuesto, es verdad que la alimentación vegetariana no basta para alimentarse de una manera sana. El concepto «vegetariano» es demasiado general y flexible. Además, se refiere sólo al «qué», no al «cómo». Hay que empezar redefiniendo la alimentación vegetariana de acuerdo con los principios del sistema digestivo humano. Como acabamos de ver, son vegetarianos todos los alimentos salvo la carne, el pescado, los huevos, los hongos y las algas, en otras palabras: todos los alimentos que no son atacados por las bacterias de la putrefacción, sino por las bacterias del ácido láctico. Los productos lácteos son vegetarianos, pues se cuajan y no se pudren. Pero sobre ellos hablaremos más adelante. Por el contrario, el concepto «ovo-vegetariano» (es decir, los vegetarianos que comen huevos) es una contradicción, pues podemos considerar a los huevos carne líquida. Tampoco los hongos, que se encuentran en casi todos los platos vegetarianos populares, son vegetarianos, pues desencadenan en el intestino las mismas reacciones que la carne. Esto explica que los hongos sean tan apreciados por quienes han eliminado la carne de su dieta. Por desgracia, estas personas no se dan cuenta de que están sustituyendo algo malo por algo peor.
Lo siguiente es definir en qué consiste la alimentación sana, pues esto sólo es una parte pequeña de la gama vegetariana. Sólo es realmente sana la alimentación pura, natural, no elaborada, ingerida en armonía con las necesidades del cuerpo. Es insalubre todo lo que no se come con hambre, en cantidad excesiva o sin masticarlo bien. También tenemos que comprender que cualquier forma de elaboración representa una desnaturalización que quita valor a los alimentos o que los altera de una manera perjudicial para nuestro cuerpo.
Ahora bien, nuestro sistema digestivo, nuestra flora intestinal, todo nuestro cuerpo necesita cierto tiempo para adaptarse a otra alimentación. Probablemente, quien más tiempo necesita es nuestra cabeza, que está programada por nuestras costumbres de muchos años. Por tanto, nadie debería intentar subir al décimo escalón sin haber pasado antes por el segundo. Eso siempre conduce a recaídas, frustración e incluso al fracaso total. Subamos poco a poco un escalón tras otro, y pasemos al siguiente una vez que nos hayamos estabilizado en el actual. Si surgen dificultades, démonos un poco más de tiempo, retrocedamos incluso un paso y volvamos a intentarlo en cuanto podamos. Sólo así avanzaremos de una manera estable y exitosa.
Nuestro punto de orientación siempre debe ser nuestro cuerpo y sus reacciones, ante todo el hambre en tanto que requisito imprescindible para ingerir alimento y en tanto que remedio de los problemas digestivos. También tenemos que fijarnos en las señales y en los impulsos de nuestro cuerpo sobre los olores y sabores que le atraen y (lo cual es importantísimo) sobre los olores que produce después de comer, en el cuarto de baño y al sudar. Pues cualquier mal olor es una señal natural de alarma, y cualquier buen olor es un aliciente. Si no podemos olernos a nosotros mismos, algo funciona mal en nuestro cuerpo y tenemos que cambiarlo de inmediato. El hedor que se ha vuelto habitual en el cuarto de baño es un signo clarísimo de procesos metabólicos insalubres en el intestino que se deben o a la actividad de bacterias de la putrefacción o a bacterias de fermentación u hongos de levadura perjudiciales. Estas bacterias sólo pueden surgir porque les hemos dado alimento. Y este es el punto en que podemos y debemos intervenir. Los alimentos que hemos ingerido durante la comida anterior han quedado desacreditados por nuestro propio cuerpo, y en el futuro no deberíamos volver a cometer este error. Así de sencillo. Y como ahora sabemos que la carne, el pescado, los huevos, los hongos y las algas son el alimento de las bacterias de la putrefacción, y que el azúcar y la harina blanca son la base de la fermentación, podemos eliminar de antemano los principales factores problemáticos.
A este respecto, no está justificada la preocupación de que esta alimentación sea incompleta. Pues una persona que se alimente con todo lo que le ofrece el jardín de frutas, verduras, hortalizas y cereales de la naturaleza recibe todo lo que el cuerpo necesita y en la cantidad suficiente y en la combinación perfecta. Dediquemos a esta cuestión el tiempo necesario y estudiemos los presuntos problemas de la alimentación vegetariana mencionados más a menudo: el suministro insuficiente de proteínas, calcio, hierro y vitamina B12. Vamos a basarnos más en el sentido común que en las recomendaciones oficiales, que están marcadas por la actitud espiritual de los científicos, por el lobby de los sectores industriales afectados y por la enfermedad de nuestra sociedad, a la que se considera normal. Por ejemplo, en los últimos cincuenta años la recomendación oficial para el consumo diario de albúmina se ha reducido a la quinta parte, lo cual no se debe a que nuestro cuerpo haya cambiado su manera de funcionar, sino a que los responsables han ido despertando lentamente de su profunda ignorancia.
Para calcular la cantidad aproximada de proteínas y de calcio que necesitamos, tenemos un criterio natural en la leche materna. Pues ésta es el alimento natural del bebé, que en seis meses multiplica por dos el peso de su cuerpo, para lo cual necesita una alimentación con una concentración de proteínas mucho mayor que en cualquier otra fase de su vida.
Las tablas de ingredientes que suelen elaborar los científicos no sirven de mucho a la hora de comparar entre sí los valores de los diversos alimentos. Pues se suelen interpretar como si indicaran la proporción del ingrediente con el peso del alimento, es decir, los gramos o miligramos cada cien gramos (o cada kilo). Ahora bien, nadie basa su comportamiento alimenticio en el peso de una comida, sino en su sensación de hambre y de saciedad, que a su vez corresponde al contenido energético de la comida. Con otras palabras: cada persona come por término medio en un día tanto como energía consume ese día. Y las tablas de alimentos indican qué cantidad del ingrediente X ingeriría una persona en un día a través de su alimentación si se alimentara sólo con el alimento Y. En este caso, esa persona cubriría todas sus necesidades de energía con el alimento Y, comería el alimento Y hasta no tener hambre. Por tanto, necesitamos conocer qué proporción guarda cada ingrediente con la cantidad de energía de este alimento (gramos o miligramos por kilocaloría), no con su peso. Los habituales datos erróneos son la causa de que las tablas convencionales discriminen a los alimentos acuosos frente a los alimentos secos, pues al peso de estos últimos habría que añadir la cantidad de agua bebida posteriormente para apagar la sed, mientras que en el peso de los primeros el agua ya está contenida de antemano.
Si volvemos a calcular los datos disponibles, obtenemos unos resultados sorprendentes. Así, la leche materna contiene unos 15 mg. de albúmina por kcal., que es aproximadamente la misma cantidad que la papaya, la ciruela y la mandarina. La sandía contiene 1’3 veces más albúmina por kcal., la zanahoria 1’6 veces más, el tomate 2’7 veces más, la calabaza 3’3 veces más.
Ahora bien, la leche materna tiene la concentración de proteínas necesaria para un bebé que en poquísimo tiempo va a construir muchísimas células, mientras que los adultos sólo necesitamos la albúmina para mantener y renovar nuestro cuerpo. Por supuesto, nuestro cuerpo pesa mucho más y necesita más albúmina, pero también gastamos más energía, por lo que la necesidad proporcional de albúmina es menor.
Hasta un lactante podría obtener de los frutos todas las proteínas que necesita. También las otras frutas tienen un contenido proporcional de proteína algo superior o algo inferior al de la leche materna. Otras sorpresas nos esperan cuando investigamos la parte superior de la escala. Así, los huevos contienen 68 mg. de albúmina por kcal., el queso 70, las alubias 71, la carne de vaca 83 (tanto como la lechuga iceberg), las habas de soja 88, la lechuga 99, el brécol 107, el salmón 107, los hongos 116, las espinacas 130, la alfalfa 137, la carne de cerdo y el pollo 150, la espirulina 228. Estas cifras (sobre todo, los ejemplos de la lechuga iceberg, del brécol, de las espinacas y de la alfalfa) muestran que el prejuicio de que la carne, el pescado, los huevos, los hongos y las algas contienen mucha más albúmina sólo es correcto en parte. Naturalmente, estos alimentos ocupan los primeros puestos de la tabla, y debido a su considerable presencia en la alimentación actual son responsables en buena medida del exceso de albúmina. Pero una alimentación puramente vegetariana puede obtener sin dificultades unos valores proteínicos igualmente altos. Así, la necesidad de albúmina de un adulto que se mueva ligeramente estaría cubierta si sólo se alimentara de melones, patatas o albaricoques, y la necesidad de un deportista (o incluso de un bodybuilder de setenta y cinco kilos de peso que cada día haga tres horas de entrenamiento con aparatos) si sólo se alimentara de apio, calabaza, pepino o col. La verdad es que nos costaría muchísimo esfuerzo quedar por debajo de las cantidades de proteína recomendadas. Así, 3000 kcal. de pan negro o de pasta sin huevo contienen más de cien gramos de proteínas. Por tanto, quien ingiere la cantidad suficiente de calorías obtiene automáticamente la cantidad suficiente de albúmina.
Por supuesto, una alimentación así sería incompleta, pero aquí no estamos exponiendo una alimentación realista. Sólo queríamos mostrar que la falta de albúmina en las verduras y en los frutos de que tanto se habla es un cuento. Lo mismo sucede con la «valencia» de la albúmina, que indica cuántos de los aminoácidos esenciales que el cuerpo no puede sintetizar por sí mismo están presentes en un alimento. La carne, el pescado y sobre todo el huevo ocupan los primeros lugares, pero este dato no tiene mucho valor práctico para la alimentación cotidiana, ya que nadie puede alimentarse durante mucho tiempo de un solo alimento o de unos pocos alimentos. Pero si ingerimos varios alimentos con valencia más baja, los aminoácidos esenciales que ellos contienen se complementan recíprocamente y permiten al cuerpo componer sus propias proteínas. Al contrario de lo que algunos recomiendan, no hace falta ingerir todos los aminoácidos esenciales en la misma comida o en el mismo día, pues el cuerpo es inteligente y organiza una despensa a la que recurre en caso de necesidad.
Las personas que comen carne suelen decir que tener que combinar y variar les resulta demasiado complicado y que prefieren apostar por lo seguro consumiendo regularmente carne, que es un alimento rico en proteínas. Este argumento se basa clarísimamente en la falta de reflexión o en la búsqueda desesperada de una excusa. Pues la variación en la dieta es algo muy natural a lo que aspira cualquier persona por sí misma y sin esfuerzo por simples razones de gusto. Precisamente la carne exige una guarnición cambiante. Nadie resistiría ni siquiera una semana sólo con carne, sin un pedazo de pan, sin patatas, sin algo de verdura para tragar y digerir mejor la carne. Por el contrario, se puede vivir la vida entera (mucha gente lo hace) de frutas y verduras, sin carencia de nada, sin pensar continuamente y sin hacer combinaciones complicadas.
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